Federico y Delfina Sottano lideran Arístides, un proyecto que desafía el modelo tradicional de bodega apostando por la colaboración, la curaduría de viñedos y una mirada generacional que entiende al vino como lenguaje creativo y expresión de territorio.
En una industria donde la tierra y la infraestructura suelen definir las reglas del juego, Bodega Arístides propone otra lógica: hacer vino desde el conocimiento, la red de colaboradores y una visión compartida entre generaciones. Al frente del proyecto están Federico Sottano, con décadas de experiencia en la vitivinicultura y el legado familiar en su ADN, y Delfina Sottano, quien aporta una mirada renovada, curiosa y conectada con las nuevas formas de entender el vino y su consumo.
“Es muy lindo y enriquecedor trabajar en familia. Somos dos generaciones con miradas distintas, y justamente ahí está lo valioso: en cómo esas perspectivas se complementan y nos permiten crecer”, comenta Delfina.
Arístides nace del deseo de continuar una herencia vitivinícola que se remonta a Sottano Hnos., fundada en 1905. En 2001, Federico Sottano junto a su primo Hugo Baro dieron forma a la bodega con la idea de elaborar vinos distintos a los que dominaban el mercado de aquel entonces: vinos pensados para disfrutar en familia, honestos y con identidad.
Arístides, un proyecto que entiende al vino como lenguaje creativo.
En sus comienzos, la producción se apoyó en bodega propia y en fincas familiares emblemáticas como La Curva de la Madrugada, hogar de la infancia de Federico en Junín, y Los Árboles, en Rivadavia. Con el tiempo, la curiosidad y la búsqueda llevaron al proyecto a ampliar horizontes: descubrir que la diversidad de terroirs de Mendoza enriquecía la propuesta y comenzar a trabajar con viñedos de distintas zonas de la provincia.
En 2018, tras el fallecimiento de Hugo Baro, Federico queda a cargo del proyecto. Ese punto de inflexión marca una redefinición profunda: se vende el establecimiento productor y, junto a Delfina, se replantean tanto la estructura como el estilo de los vinos. La bodega deja de estar asociada a un espacio físico único y pasa a construirse desde la selección, el diálogo y la interpretación de cada viñedo.
Hoy, Federico y Delfina son los últimos Sottano que elaboran vinos familiares, manteniendo viva la tradición de recorrer zonas, conocer a quienes trabajan la tierra y elegir cada añada desde el respeto por el viñedo y la búsqueda personal detrás de cada vino.
Tradición familiar con una mirada contemporánea del consumo.
Un modelo que dialoga con tendencias globales
El enfoque de Arístides se alinea con una corriente en crecimiento a nivel mundial: la de las bodegas virtuales o viticultores modernos, que priorizan la visión creativa y las colaboraciones estratégicas por sobre los activos físicos. En este esquema, Federico aporta el mapa del camino recorrido: conocimiento profundo de la industria, relaciones construidas a lo largo del tiempo y comprensión del mercado. Delfina, en cambio, suma la brújula hacia territorios inexplorados, con foco en tendencias de consumo, diseño y comunicación.
“Para nosotros hacer vino es caminar las fincas, tomar mate con los productores y aprender a leer cada terroir como si fuera un mapa. Buscamos el carácter que cada lugar tiene para ofrecer y hacemos nuestros vinos a partir de esa verdad. La bodega no está en una finca: está en las conversaciones, en entender qué tiene para decir cada viñedo”, explica Federico.
Arístides nace del deseo de continuar una herencia vitivinícola que se remonta a Sottano Hnos., fundada en 1905.
Lejos de ser una innovación radical, este modelo retoma una tradición mendocina: elaborar vinos desde el vínculo humano y el conocimiento profundo del territorio. En lugar de invertir en tierra o instalaciones, Arístides invierte en personas: productores que conocen cada rincón de sus viñedos, una visión que combina calidad, legado e innovación, y un equipo que funciona como verdadero curador de experiencias.
El resultado son vinos que expresan territorios diversos, elaborados con la libertad creativa que permite no estar atados a un único lugar ni a un solo estilo. Vinos que hablan de diálogo generacional, de respeto por la tierra y de una forma contemporánea de entender el vino argentino.




