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Los simpáticos osos panda comen bambú en la Reserva Natural de Chengdú.
  • Crónicas viajeras
  • 18 diciembre, 2019

China, de los osos Pandas a los rascacielos de Shanghai

La reserva natural para osos pandas en Chengdú, una de las maravillas que solo podemos encotrar en China. La ceremonia del té y el monumento de Buda. Viajar en el tren Maglev a 430 kilómetros por hora y las luces de neón y edificios de cristal en Shangai.

Luego de viajar toda la noche en tren desde la ciudad de Xi´An arribé a Chengdu, la quinta ciudad más grande de China con 13 millones de habitantes. Me instalé en un hostel con patios de caña de bambú, conejos, peces, gatos y sapos. Un remanso en medio de la urbe.

Existen 16 reservas naturales de osos panda en el país y 11 de ellas están aquí. Fui a una ubicada a 40 minutos del centro. Para poder observarlos recomiendan ir temprano en la mañana, su hora preferida para comer. Durante el resto del día se echan a la sombra y no hacen más que dormir.

Luego de caminar 10 minutos entre senderos selváticos escuché un extraño sonido y los incesantes clicks de las cámaras de fotos. El foco de atención eran ocho pandas que comían sus brotes de bambú sobre una plataforma de madera. Algunos estaban literalmente acostados sobre la comida y se llevaban el tierno bambú a la boca con las dos manos.

En la reserva no hay jaulas, solo fosas que dividen los sectores. En el Kindergarten había una osa llamada Da Shuang con sus dos crías. Una de ellas jugaba con la mamá y la otra dormía pacíficamente en el tronco de un árbol. Había carteles que pedían silencio mientras se disfruta la observación de los simpáticos pandas ya que son muy delicados y el ruido los molesta. Todo el recorrido está muy bien señalizado y por supuesto no falta la tienda con los más variados productos con imágenes de pandas.

La infaltable selfie con los pandas.

En otro sector vi pandas rojos. Son más pequeños y menos famosos que sus primos blancos y negros. Se asemejan a los coatíes que pululan por las Cataratas del Iguazú con pelaje rojizo. Se pueden tocar si se acercan a uno pero prohíben expresamente darles de comer.

La gran sorpresa me la llevé cuando seguí a un panda rojo para fotografiarlo. Se me escapó entre el follaje y cuando levanto la vista en medio del sendero veo un árbol de Ceibo, nuestra Flor Nacional. No podía creer que en el corazón profundo de la China me encontrara con el símbolo natural de Argentina.

En el lago de la reserva había gran cantidad de peces de colores que nadaban revoloteados cada vez que algún niño les arrojaba alimento. Los niños de cada rincón del mundo se divierten con las mismas cosas. Aparecieron dos elegantes cisnes negros a reclamar su parte en la comida gratuita pasando por encima de los arremolinados peces.

La cuna del té

La provincia de Sichuan, a la que pertenece Chengdu, es la cuna del té; la infusión más popular de este gigante asiático. Me arrimé al Templo de Wenshu, un santuario budista muy visitado por los fieles que prenden inciensos y rezan delante de su dios, el Buda.

Mi guía Lonely Planet, la biblia del viajero, indicaba que aquí había una casa de té. Después de ver el templo y fotografiarme con uno de los monjes busqué infructuosamente. Mediante señas dos hombres me informaron que no funcionaba más. Algo decepcionado busqué una Teahouse frente al templo.

Estaba muy bien ubicada en un patio tranquilo y arbolado. Pedí un té con leche porque no había ingerido calcio en varios días. Lo trajeron en un vaso con forma de hongo con una cañita para sorberlo y por supuesto sin azúcar. Es casi un insulto endulzar el té.

El Templo de Wenshu, un verdadero santuario budista.

Al otro día negocié mediante señas con un conductor de moto (más económico que el taxi) para que me llevara a la estación de buses de Xinanmen donde tomé una combi a Leshan. El viaje duró casi dos horas. Estaba sentado detrás del conductor y el hombre tenía por deporte escupir por su ventanilla. Una costumbre que también comparten las mujeres.

En los trenes hay carteles que prohíben salivar. Cada vez que el chofer cargaba su garganta y bajaba la ventanilla para lanzar el salivazo yo me encogía instintivamente a la espera del indeseable rocío de ADN chino que por suerte y por la buena puntería del hombre, nunca llegó.

El monumento a Buda más grande del mundo

Esta ciudad es conocida por albergar la imagen del Buda tallado en roca más grande del mundo. La llaman Dafo y se ubica en un acantilado frente a la unión de los ríos Dadu y Min. Mide 71 metros de alto y 28 de ancho. Sus orejas alcanzan los 7 metros y sus pies 8,5. Cualquiera de sus uñas es más grande que un ser humano. La escultura fue iniciada por un monje en el año 713 y su tallado culminó 90 años más tarde. Lo primero que se ve es la enorme cabeza asomando al filo de la montaña.

El gigantesco Buda de 71 metros de alto tallado en un acantilado.

Llegué temprano y pude admirarlo con tranquilidad antes de la llegada de la horda de los tours guiados. Está sentado con las manos sobre sus rodillas. Desde la cabeza se desciende por una inquietante escalera muy angulada cavada en la roca que baja paralela al Buda hasta el nivel de sus pies. Desde abajo, junto al río, la vista de la enorme estatua es maravillosa. Transmite una especie de calma que, sumada al entorno de selva, río y montaña, te llega hondo. Junto con la Gran Muralla este fue el lugar que más me impactó. Desde el río atracan los barcos con gente para admirar este monumento declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.

Una megaestructura: a represa hidroeléctrica

Seguí viaje hacia Yichang en el centro del país. Es una ciudad ubicada en la ribera del río Yangtzé, el más largo de Asia y tercero del mundo detrás del Nilo y el Amazonas. A 35 kilómetros de allí se construyó la represa hidroeléctrica Tres Gargantas que es la mayor del planeta. Su paredón tiene 2300 metros de largo. Para darse una idea, el muro del dique El Nihuil, el más grande de Mendoza, tiene 495 metros. Genera la energía equivalente a 18 centrales nucleares. Combiné tres micros desde el centro para llegar a esta proeza de la ingeniería humana (se puede ver en el programa “Megaestructuras” de Discovery Channel).

El río Yangtsé es el más largo de Asia.

Era temprano por la mañana y estaba envuelta en una niebla que no se dispersó hasta el mediodía. Es una gigantesca pared gris, como todas las presas. Hay guardias armados y no se puede acceder al paredón. Me colé por una puerta para intentar acercarme pero un agente me hizo señas de que no podía pasar. Me hice auto-fotos con el trípode y los turistas chinos me miraban extrañados.

La faraónica obra tiene sus detractores ya que la ralentización del caudal del río genera una menor oxigenación del agua y parte de la fauna ictícola ha desaparecido. La presa inundó una superficie similar a Singapur y hubo que reubicar a un millón y medio de personas que vivían del lado anegado.  El gobierno gastó 30 000 millones de dólares en su construcción.

Presa Tres Gargantas. La más grande del mundo. El paredón tiene 2.300 metros de longitud.

En la costanera de Yichang me animé a remojarme en el Yangtzé. No está tan contaminado como el Ganges en la India ni flotan partes de cadáveres (allá no me metí ni a palos) pero tampoco corre muy limpio ya que varias fábricas vierten desechos a lo largo de los 6380 kilómetros de su curso. Algunos intrépidos cruzaron a nado hasta la otra orilla esquivando los enormes barcos cargueros ya que el 70% del tráfico fluvial de China pasa por aquí.

Shangai; luces de neón y edificios de cristal

El tren que me llevó desde Yichang a Shanghai, último destino del viaje, fue el más largo: 23 horas hasta la ciudad más poblada de China con 20 millones. Shanghai es el centro financiero y la ciudad más europeizada que vi. East Nanjing Road es la calle comercial por excelencia con luces de neón y centros comerciales en cada esquina. La vista nocturna del skyline de Pudong es alucinante.

El Skyline de Shanghai, la ciudad más grande y moderna de China.

Los altos edificios de cristal se convierten en gigantescas pantallas de TV. Me alojé en el hostel Captain en pleno Bund que es la antigua costanera con los edificios más tradicionales construidos por los ingleses que manejaban el comercio del opio a finales del siglo XIX. Desde la terraza-bar gozaba de una vista completa del skyline por solo ocho dólares la noche en habitación compartida.

Tomé el ferry para cruzar el río Huangpu hacia Pudong. Elegí ascender a la torre Perla de Oriente que es la antena de TV y el símbolo arquitectónico de Shanghai. Es un macizo trípode de cemento que sostiene la torre de 468 metros de altura. Cuenta con tres esferas en distintos niveles. Yo subí a la segunda ubicada casi a 300 metros con vista de 360 grados sobre toda la ciudad. Fue el edificio más alto de China hasta que construyeron el World Financial Center de 492 metros y luego la Torre de Shanghai de 632 metros que es también el segundo rascacielos más elevado de la tierra tras el Burj Khalifa de Dubai con 828.

La vista se pierde en el horizonte pero lo más impactante es la plataforma con piso transparente. Es vertiginoso pararte allí con solo un cristal separándote del abismo a 80 pisos del suelo. Los más impresionables optaban por no acercarse  Yo hice varias fotos descalzo encima del vidrio y filmé. Uno de los momentos más divertidos se dio cuando me acosté de espaldas al cristal para crear un efecto de caída al precipicio como el del Coyote con el Correcaminos y todos los chinos comenzaron a hacerme fotos, tirado allí.

Un delgado cristal me separa de una caída libre de 80 pisos en la Torre “Perla de Oriente” en Shanghai.

Bajé de la torre y pasé toda la mañana caminando entre rascacielos y tiendas de lujo hasta que la tortícolis de tanto mirar para arriba me hizo desistir. Volví en el ferry a la parte antigua pensando en la ironía de ver el consumo capitalista elevado a la enésima en un país con ideología comunista. En la tarde me adentré en el sosiego de los Jardines de Yuyuán con exquisito diseño de la Dinastía Ming.

Hay un pequeño lago en cuyo centro se alza una de las casas de té más tradicionales de China: la Huxinting Tea House. Me di el gusto, un poco caro, de degustar un té negro con aromas de lavanda. Me senté junto a una ventana del primer piso para contemplar el paisaje desde lo alto. Para merendar acompañan el té con tres huevos de codorniz (ni los toqué), un dulce muy pastoso que se pegaba a los dientes (lo abandoné al primer bocado) y una fruta acaramelada. Esto fue lo único que comí. Llegué a preguntarme si los chinos conocerían el pan tostado con manteca y dulce.

Degustando un té en la Huxinting Tea House en los jardines de Yuyuan.

Para despedirme por todo lo alto fui hasta la estación de tren Maglev el más veloz del mundo. Alcanza la asombrosa velocidad de ¡430 km por hora! Más rápido que un Fórmula Uno. Los coches que van por la autopista parecen ir marcha atrás. El tren se desliza sobre rieles ejerciendo levitación magnética. Había andado en los trenes bala de Inglaterra y Francia pero aquí hablamos de otro nivel de tecnología flotante.

Une los treinta kilómetros que separan Shanghai del Aeropuerto Internacional en solo ocho minutos. Llegó la hora de regresar a casa y en el avión abrí mi libreta de apuntes para ir tomando nota sobre la singular travesía por este país milenario.

El tren de alta velocidad “Maglev” hace levitación magnética y alcanza los 430 km/h.


INFO PARA VIAJEROS

-Tren de Xián a Chengdú: 40 dólares en vagón cama nocturno.

-Hostel en Chengdú: 10 dólares.

Minibus a la reserva de osos panda: 2,5 dólares.

-Reserva de Osos Panda: 10 dólares (diariamente de 8 a 18 hs).

-Buda gigante de Leshan: 15 dólares.

-Mirador de la presa Tres Gargantas: gratuito.

-Ferry a Pudong: 2 dólares.

-Observatorio Pearl Tower: 35 dólares.

-Jardines de Yuyuán: 7 dólares.

-Tomar el té en Huxingting Tea House: 10 dólares.

-Tren Maglev: 16 dólares (ida y vuelta desde Shanghai al aeropuerto).

 

*Por Federico Chaine. Periodista especializado en viajes y turismo. Especial para El Descorche Diario.

Contacto: fedechaine@hotmail.com