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El Coliseo es el símbolo de la Ciudad Eterna y una de las Nuevas Siete Maravillas del Mundo.
  • Crónicas viajeras
  • 24 febrero, 2020

Roma, un eterno clásico europeo

La ciudad de Rómulo y Remo y los emperadores en un recorrido profundo y atento. Un lugar colmado de historias y turistas que abruman. El Vaticano y una multitud de creyentes y curiosos. Sus monumentos y construcciones icónicas. Y por supuesto, el exquisito e infaltable Gelatti italiano.

Roma era la última de las tres grandes capitales europeas que me quedaba por conocer. Las otras dos, París y Londres, las visité en ocasión de los torneos de Grand Slam de tenis cuando disfruté de Roland Garros en la primavera parisina y el tradicional Wimbledon en el verano londinense. Roma tiene su torneo que integra la serie Masters y se disputa en el mes de mayo pero por una cosa u otra mi planificación nunca coincidió con esa fecha. Esta vez tampoco ya que fui en agosto. Iba siendo hora de agregar a mi álbum viajero a la Ciudad Eterna.

Los transportes desde el Aeropuerto de Fiumicino son variados y para todos los bolsillos. Siempre elijo la opción más económica para trasladarme pero ese día me sentía generoso y sin tiempo que perder. Gasté 14,50 euros en el tren Leonardo Express (sí, por Da Vinci) que hace el trayecto sin paradas y en solo 25 minutos hasta el andén 24 de la enorme estación de Termini, núcleo de las comunicaciones en el centro romano. Allí mismo conecté con el Metro de la Linea A hasta la Estación Ottaviano que me dejaba a unos 600 metros del Vaticano donde decidí iniciar el recorrido.

Caminé por la Vía Ottaviano siguiendo los pasos de la mayoría de los pasajeros que allí bajaban. La amplia avenida con negocios, cafés y mucho ajetreo (como en toda Roma) desemboca en la Vía de Porta Angelica, uno de los ingresos a la Santa Sede. Recordemos que la Ciudad del Vaticano no pertenece a Roma sino que es un país en sí mismo. Es el Estado más pequeño del mundo con solo 44 hectáreas de superficie, la mayoría de las cuales es abarcada por la Basílica de San Pedro. Su imponente cúpula domina la ciudad y se aprecia desde varios centenares de metros antes de ingresar a la Plaza San Pedro.

El Vaticano es otra visita imperdible estando en la Ciudad Eterna.

 Los Carabinieri tenían un puesto de control en uno de los laterales por donde ingresé, previa revisión de la mochila de mano. Lo primero que atrajo mi atención fue el obelisco ubicado en el centro de la Piazza. Lo trajeron desde Alejandría, Egipto y fue colocado en 1568. A mi derecha tenía la Basílica y a la izquierda la Vía Della Conciliazione, el ingreso frontal al Vaticano y en cuyo fondo se aprecia parte del Castello San´t Angelo.

Era pleno verano y la multitud que avanzaba hacia la plaza era igual de grande como extensa la cola para esperar el turno de ingreso al claustro sagrado de los católicos. Admiraba la archiconocida fachada y el balcón donde tantas veces hemos visto a los diferentes Papas dando la misa o bendiciendo a las multitudes. Por sus dimensiones queda claro que es el templo más grande del catolicismo (el segundo es la Catedral de Sevilla). Había gente de todos los credos y razas fotografiando el sacro lugar. No me impactó especialmente. Será porque hace bastante que dejé de creer en las ideas que desde allí se pregonan a gran parte de la humanidad. El calor apretaba y en los bebederos también había que esperar unos minutos para recargar la botella con agua fresca.

La escalinata de la Plaza España estaba cerrada por restauración y no se podía subir por los emblemáticos 135 escalones.

Roma es tan antigua que te supera un poco la noción del tiempo y la cantidad de hechos que ocurrieron en sus entrañas. Un simpático carrito multicolor ofrecía el artesanal y clásico Gelatti italiano. Dejé el Vaticano y fui a la Piazza di Spagna esperando descender por sus 135 escalones pero ¡Oh sorpresa! Estaba en proceso de restauración y no se podía acceder. Me conformé con mirar las escalinatas a través de un blindex que impedía el paso.

Los cascos céntricos de las ciudades europeas son tan caóticos y desiguales en su trazado de tiempos medievales que aun siguiendo un mapa existe el riesgo de perderse en cada esquina. Me dirigí a un señor que en italiano me indicó como retomar el rumbo perdido hacia la Fontana Di Trevi.

La Fontana di Trevi atestada de gente en pleno verano de agosto. Tuve que arrojar la moneda por encima de la multitud.

Iba con la ilusión de colocarme de espalda a sus aguas para arrojar la moneda por encima del hombro como pide la tradición pero cuando aparecí en lugar había un gentío digno de un día de partido en un clásico futbolero Roma-Lazio. Imposible hacerse una foto sin que un codo, hombro, espalda o cabeza cortada saliera retratado en los márgenes de la toma.

Acceder al borde mismo de la fuente era utópico. Me conformé con tirar la moneda por encima de la gente teniendo la precaución de que fuera directo al agua y no a la cabeza de algún turista asiático esparcidos por doquier con sus aparatosas cámaras Nikon de última generación colgando del cuello. La fachada de mármol de la fuente había sido restaurada hacía muy poco y las columnas y estatuas relucían en todo su esplendor bajo el inclemente sol de agosto. Los abarrotados cafés tenían encendidos los ventiladores con vaporizadores de agua helada apuntados a los clientes.

Fui en busca del Corso Vittorio Emanuelle II, un inmenso palacio (hoy museo) que fue erigido en honor a quien fuera el primer Rey de la Italia unida. Se inauguró en 1911. Por su imponente tamaño es una de las edificaciones que domina el skyline histórico romano. Allí convergen varias avenidas. Las calesas tiradas a caballo aguardaban a sus pasajeros. No hubiera sido mala idea tomar una pero dejé que mis pies continuaran sumando kilómetros.

Imponente Corso de Vittorio Emanuele, Primer Rey de la Italia unida.

 Muy cerca de Vittorio Emanuele se halla el Foro Trajano diseñado, claro está, por el Emperador del mismo nombre cuya estatua adorna el lugar. Sus ruinas se observan desde unas terrazas naturales donde una pareja de novios con su ropa de fiesta estaba haciéndose las fotos para el álbum de bodas. Vaya uno a saber dónde irá a parar el mismo en dos o tres años más. Otra pareja se besaba frente a la cúpula de Santa María del Loretto a pocos metros de allí. No en vano Roma al revés se deletrea Amor.

Por la Vía del Fori Imperiali continué mi derrotero para arribar finalmente al símbolo de la ciudad. La construcción emblemática que fue elegida como una de las Nuevas Siete Maravillas del Mundo: El Coliseo. Su nombre original era Anfiteatro Magno pero fue cambiado. Me asombró su tamaño. En las fotos no se logra apreciar su real dimensión. También me impactó la altura de uno de los muros originales que ha sobrevivido al tiempo.

Pareja de novios fotografiándose en el Foro Trajano.

El gigantesco aforo fue inaugurado en el Siglo I después de Cristo. A su alrededor pululan los vendedores ambulantes y hay tiendas de souvenirs de todo tipo. Se puede conseguir desde una máscara de gladiador hasta una espada. Es la única de las Siete Maravillas ubicada en el continente europeo y la verdad que hace honor a su elección por su majestuosidad. También se estaban realizando tareas de restauración en las fachadas exteriores del Anfiteatro Flavio y en las rejas del nivel del Primer Orden. Mantenerlo no es sencillo y los romanos están muy orgullosos del patrimonio histórico de su ciudad. Cerré el día en el conjunto arquitectónico del Foro Romano, el centro neurálgico de la Roma ancestral.

La ciudad en general luce algo avejentada y a muchos edificios le vendrían bien una buena mano de pintura pero seguramente es parte del encanto junto con los adoquines, las motonetas, los cafés, los pinos y las lindas mujeres. Se comenta que el romano es un poco creído como la mayoría de los habitantes de las grandes capitales del planeta. También es ruidosa y con tránsito caótico. A orillas del río Tíber que atraviesa la urbe es posible conseguir un poco de calma y algo de silencio.

¿Qué sería de Roma sin sus cafés al aire libre?

Es de esas ciudades que hemos visto tantas veces en películas, documentales, noticieros o en fotografías que tiene un lugar asegurado en la iconografía de nuestras vidas. Tuve que buscar otra fuente para hidratarme. Dice una leyenda que quien bebe sus aguas volverá a Roma. Lo hice tantas veces que seguramente Alitalia ya me debe haber reservado un ticket aéreo para regresar a esta legendaria metrópoli.

Quien bebe el agua de sus fuentes regresará a Roma, dice la leyenda.


INFO PARA VIAJEROS

Gelatto: desde 3,5 dólares el de dos gustos.

Visita al Vaticano y Capilla Sixtina: 30 dólares la entrada general y 44 la visita guiada.

Plaza España y Fontana Di Trevi: gratuitos.

Monumento Vittorio Emanuele II. Se paga un ascenso a la azotea: 9 dólares.

Iglesia Santa María del Loretto: gratuita.

Coliseo, Foro y el Palatino combinados: 14 dólares.

Castillo de Sant Angelo: 12 dólares (cerrado los lunes).

Imán para la heladera con la Loba de Rómulo y Remo: 5 dólares.

 

*Por Federico Chaine. Periodista especializado en viajes y turismo. Especial para El Descorche Diario.

Contacto: fedechaine@hotmail.com