El ingeniero agrónomo Alejandro Toso analiza las causas del éxodo juvenil rural y plantea una pregunta clave para el futuro productivo de Mendoza. Entre la falta de oportunidades, las condiciones de vida y una deuda cultural pendiente, el desafío ya impacta tanto en el agro como en la vitivinicultura.
En Mendoza, una de las principales regiones vitivinícolas del mundo, hay una preocupación que crece en silencio pero con impacto directo en el futuro del sector, como sucede también en otras economías regionales: el éxodo de jóvenes del campo hacia las ciudades. No se trata solo de una cuestión demográfica, sino de un fenómeno estructural que pone en tensión la continuidad de las actividades productivas.
El ingeniero agrónomo Alejandro Toso, asesor, docente y productor con amplia trayectoria en distintas regiones del país, analiza esta problemática y plantea un diagnóstico claro: el campo no está logrando seducir a las nuevas generaciones.
En diálogo con Conexión Agro, en Radio Nihuil, Toso aseguró que el desafío no es nuevo ni exclusivo de Argentina, pero en el contexto mendocino adquiere particular relevancia. «Existen condiciones que podrían favorecer el arraigo —como la cercanía entre zonas productivas y centros urbanos—, pero aun así no alcanzan para revertir la tendencia».
El ingeniero agrónomo Alejandro Toso advierte que el campo no está logrando seducir a las nuevas generaciones.
Uno de los puntos centrales que remarca Toso es que «los jóvenes no buscan algo distinto a lo que ya tienen en la ciudad: buscan lo mismo. Acceso a internet, educación, transporte, salud, vivienda y espacios de recreación forman parte de un estándar que, en muchos casos, el ámbito rural todavía no logra garantizar».
La falta de estos elementos genera una brecha difícil de salvar. En zonas rurales, incluso las actividades sociales básicas se vuelven limitadas, lo que profundiza el aislamiento. En ese contexto, «la conectividad aparece como un factor decisivo, no solo por la comunicación sino también por su vínculo con la transformación tecnológica del agro».
El éxodo juvenil del campo hacia la ciudad se consolida como uno de los principales desafíos del agro mendocino.
El avance de herramientas como drones, sistemas de riego inteligente y mecanización abre nuevas oportunidades que podrían resultar atractivas para los jóvenes. Sin embargo, su implementación depende de condiciones estructurales que aún no están plenamente desarrolladas en todos los territorios.
El trabajo rural, además, continúa siendo físicamente exigente. Aunque existen mejoras en formalización y condiciones laborales en muchas empresas, el esfuerzo sigue siendo un factor determinante en la elección de las nuevas generaciones.
Pero más allá de lo económico o lo operativo, aparece una dimensión más profunda: la percepción social. Toso advierte que «persiste una mirada cultural que desvaloriza el trabajo en el campo frente a otras actividades urbanas, incluso entre jóvenes formados en carreras vinculadas al agro».
En este sentido, el testimonio de una estudiante de Ciencias Agrarias resulta revelador: «trabajar en el campo puede implicar una pérdida de estatus social frente a sus pares, a pesar del orgullo por la actividad familiar. Una contradicción que expone uno de los desafíos más complejos de revertir».
Alejandro Toso pone el foco en la necesidad de mejorar la calidad de vida rural para frenar el éxodo juvenil.
El fenómeno ya tiene consecuencias concretas. Según advierte el especialista, «unas 40.000 hectáreas de viñedos podrían salir de producción en los próximos años para reconvertirse a otras actividades. Si bien se trata de un proceso atravesado por múltiples variables, la disponibilidad de mano de obra y el recambio generacional también forman parte de la ecuación».
La vitivinicultura, como actividad intensiva en trabajo, necesita no solo innovación tecnológica, sino también personas capacitadas y comprometidas con el desarrollo territorial.
Frente a este escenario, Toso plantea «la necesidad de generar espacios de diálogo más activos que involucren a productores, jóvenes, especialistas, instituciones educativas y el Estado». El objetivo: construir estrategias concretas que permitan mejorar las condiciones de vida en el campo y generar oportunidades reales para quienes desean quedarse.
«El desafío no es únicamente productivo, sino también social y cultural. Porque el campo puede ofrecer calidad de vida, pero para que eso se traduzca en una elección, es necesario crear condiciones que estén a la altura de las expectativas de las nuevas generaciones», concluye Alejandro Toso.




