La muestra Sincrovisualidad – Dino, Kain, Roque– irrumpe en la arquitectura de la Bodega Vila en Maipú. La curadora del espacio, Laura Hart, propone este contrapunto de transgresión como un nuevo modo de ver arte.

Ingresamos por un túnel pero no hay luz al otro lado. Parece que quedó atrapada en las fotos de Kain, en los montajes de Dino Andrada y en los trazos de Roque Santángelo. Los tres la usan como materia prima de sus trabajos para crear imagen digital, un tesoro tan inasible que queremos tocarlo. Como si de esa forma pudiéramos comprobar que lo que vemos es real. Entonces tímida, acercamos la mano a la lona que lo materializa pero ni aún palpando el misterio es develado.
Con distintas técnicas los artistas participan de esta expresión del arte digital que como describe el texto curatorial “libera al mundo de acopios, no tiene la voracidad de ocupar espacios físicos y tampoco la pretensión de perpetuarse en un emplazamiento”. En esta muestra las imágenes están plasmadas sobre PVC o láminas de cartón aunque perfectamente podrían ser proyectadas sobre cualquier superficie.

Impresiones de Dino Andrada.
Hay disrupción. Todos los trabajos nos invitan a querer saber de qué pieza partieron, a qué geografía remiten, sobré que están asentados. Al mismo tiempo, ninguna obra lleva título que condicione la interpretación porque el punto de partida es la búsqueda que hacen los autores para luego liberar la exploración al espectador.
Es que cuando hablamos de arte contemporáneo hablamos de romper con las convenciones establecidas. Por esta razón, a Laura Hart se le ocurrió tomar como escenario la bodega colonial de Cruz de Piedra para sacarlo de los sitios que responden a un canon. “Por lo general sólo se ve arte contemporáneo en espacios muy blancos, en ciudades, en museos o galerías dispuestos con ese fin”. *Nota de la redacción: esos sitios se extienden a los ‘no lugares’ que en términos del antropólogo francés Marc Augé son espacios despojados de las expresiones simbólicas de la identidad, las relaciones y la historia.

Montaje de la muestra. La curadora Laura Hart junto a Roque Santángelo.
“Por eso este contrapunto entre lo nuevo y lo vetusto me pareció interesante”, continúa Hart sobre el lateral del recinto abovedado donde se emplaza la exposición mientras que en el lado opuesto la bodega alberga piletas de casi 17 metros de altura. Las características espaciales son ideales para obras que no superen el metro cincuenta, también para incorporar el suelo, o para un espectáculo performático con público acotado.
Resulta fascinante conocer la historia patrimonial de la Bodega Vila en el relato que hace su gerente comercial Javier Páez a los visitantes. Aunque el establecimiento funciona desde 1860 ha trascendido poco y nada de lo que esos muros encierran.

La luz natural que se filtra por la claraboya es aprovechada en la exposición.
“Hacia 1600 los terrenos pertenecían a la familia Videla. La abuela de Verónica Videla tenía toda la documentación y los registros de reuniones que se hicieron en el lugar. Ahora están en manos de su nieta”, suelta al respecto de la presencia de Merceditas la hija del General don José de San Martín. Cada recoveco deviene en una explicación, como el calabozo subterráneo donde encerraban a los esclavos y donde actualmente -por las energías que se movilizan- algunos prefieren no entrar.
Escenas superpuestas
Los años en la carrera de Escenografía influyen en la producción de Dino Andrada. Su gusto por la arquitectura se trasluce en las fotos que saca a estructuras, en las capas que superpone y que solapadamente nos motiva a dilucidar. “Hago fotomontajes. Distintos tipos de fotos, las junto, las coloco en un software y queda el trabajo”, describe sencillamente a los presentes durante la inauguración aunque sabemos que no es soplar y hacer botellas.

El artista visual Dino Andrada.
“Una obra mía es una sumatoria de obras, cada capa o layer es una obra en sí misma. La fotografía para mí es un lienzo en donde voy agregando capas, pintando o agregando otra información”, amplía sobre el procedimiento. Por ejemplo, la imagen en la que predomina el color verde deja expuestos números que corresponden a una foto que tomó de la computadora mientras buscaba otros datos en Internet.
Sus inicios con la fotografía se remiten a trabajos en blanco y negro, en cámara estenopeica, después pasó a 35 milímetros. “Con el tiempo probé la fotografía digital con las primeras cámaras que venían con disquetes ¡era todo un acertijo tener una de esas! y después ya las más profesionales”. Cálido, afectuoso y predispuesto a simplificar los aspectos complejos se detiene a charlar con el público que requiere su atención.

Kain y Laura Hart en intercambio con los asistentes.
Dino tiene una larga experiencia docente en el ex COSE donde motiva a los menores recluidos a probar distintas posibilidades artísticas. Sus intervenciones con stencils, instalaciones y performances dan cuenta de su compromiso social.
Bello por accidente
En sus largos recorridos en bicicleta, un medio de transporte que le provoca la sensación de volar en libertad y que elegía para trasladarse a la Facultad o para descubrir vías alternativas que lo llevaran a destino, Kain descubrió “yacimientos”. Así le gusta nombrar a los pedacitos de micas rotas, esquirlas de vidrios molidos que quedaron de autos accidentados al costado del camino. Para él, ese cúmulo es un tesoro que recolecta cuidadosamente como un perito que después examina a la luz del microscopio.

La obra depurada de Kain es un yacimiento proyectado y fotografiado.
Claro que acá no se trata de un forense ni de un arqueólogo sino de un artista que se vale de un proyector analógico de diapositivas provocando el efecto lupa. La foto pasa por Photoshop y luego la ‘vectoriza’. Que en lenguaje informático sería el momento de depuración según las curvas logarítmicas. “Con el perillaje podés dejarla tal cual o reducís la cantidad de información”.
Prodigioso discípulo de Marcelo Santángelo (papá de Roque), Kain proyecta sobre diversas superficies resignificando la imagen. “Superficies en movimiento, traslúcidas, opacas, reflectantes, sobre agua, sobre humo, sobre cuerpos”, comenta también a propósito de las experiencias en fiestas electrónicas o en multimedias.

Obra de Dino Andrada.
La serie que se aprecia en la bodega pertenece a Crash. Belleza en la violencia. Crash remite directamente a la película del cineasta canadiense David Cronemberg basada en la novela de Graham Ballard. “Destaco la belleza que subyace de la violencia, ahí se empalma la idea de yacer, de yacimiento”. Lúdico con las palabras se entrega al juego de sublimar el impacto negativo de un accidente transformándolo en arte.
La polisemia en sus creaciones lo identifica. En 2002 infló con un turbo ventilador un paracaídas al que llamó Continente. Generaba una especie de útero donde proyectaba desde el interior o desde el exterior y el público podía ingresar. Entonces el significado podía ser lugar de amparo, de diversión, no limitaba el término a lo geográfico.
Ilusiones ópticas
“Para Roque Santángelo el dibujo secuencial de líneas es el recurso que le permite obtener elementos entramados, suspendidos en atmosferas ingrávidas”, adelanta Laura Hart en el texto curatorial. Nos acercamos a esas ilusiones ópticas y parece que los elementos compositivos estuvieran flotando.

Backstage entre artistas.
Roque comenzó con el arte digital en Buenos Aires mientras acompañaba a un amigo que estudiaba Comunicación Científica “me pidió ayuda con un dibujo para hacer en fotos. Estábamos limitados por la computadora IBM 360 que era de la Universidad, teníamos que llevar tarjetas perforadas para imprimir y si había un error nos devolvían todo y había que esperar una semana para volver a intentar”, recuerda de lo engorroso del momento.
Con el tiempo ya en nuestra provincia trabajó en publicidad para el Diario Mendoza. “Ahí aprendí mucho de fotografía con los chicos de fotomecánica. Porque yo dibujaba y mandaba y ellos me decían ‘ché loco esto no se puede fotografiar’ y ahí empezábamos a buscarle la vuelta. A jugar con la técnica hasta encontrar una mecánica que fuera como un pincel. A estos chicos (Dino y Kain) les digo que lo mío es más psiquiátrico que estético”, bromea.

La raíz de su trabajo es gráfica. Lo demás es movimiento que acompaña, que se acomoda a nuestra visión, que absurdamente busca la lógica donde no la hay.
Detenerse a observar la obra de cada artista enriquece la experiencia sensorial. La sincrovisualidad nos permite conocerlos en un mismo tiempo y espacio disfrutando de la fantasía única que establece la obra con la mirada personal.
Visitas
Bodega Vila. Calle Cruz Videla s/n.
Cruz de Piedra. Maipú
Contacto:
Ig @bodegavila
+549 2616296069
Cómo llegar:
*Por Silvia Lauriente. Periodista especializada en arte y espectáculos. Especial para El Descorche Diario Contacto Ig @criticaenfunción correo: criticaenfuncion@gmail.com
