La provincia mediterránea fue epicentro del XIII Festival Internacional de Teatro Córdoba Mercosur. Una edición signada por funciones presenciales y virtuales en armoniosa coexistencia. Obras de Ecuador; España; Chile; Brasil; México; Canadá; Cuba; Italia y Corea se sumaron a una rutilante cartelera.
Si el número 13 tiene fama de “mala suerte”, con la realización del Festival del Mercosur se acabó la superstición. A pesar de la incertidumbre que puso en vilo su concreción por la pandemia Covid-19, Córdoba logró reunir a más de 300 artistas en escena con 54 obras de compañías locales, nacionales e internacionales. El público acompañó las actividades propuestas, sumándose como espectadores fortuitos de intervenciones callejeras, a las salas o a las pantallas para seguir cada instancia de la programación.
Organizado por la Agencia Córdoba Cultura, a través del Teatro Real y en compañía de la Subdirección de Artes Escénicas, el FIT convocó a cuatro obras de la Comedia Cordobesa, la ganadora de la Fiesta Provincial y cinco especialmente seleccionadas para esta Convocatoria. Como en cada oportunidad, cuidó el espacio de reflexión y formación con conversatorios y talleres.
Va en este registro, un puñado de críticas teatrales sobre las obras presenciadas.
Habitación Macbeth
No hace falta ser un shakespearólogo, ni siquiera un especialista en Macbeth para entrar de lleno en su habitación. Es que Pompeyo Audivert nos introduce en la obra de un modo tan hipnótico que cuando queremos acordar estamos presos en una tragedia sobrenatural.
Él, actor, asume de modo unipersonal los siete personajes. Él y solamente él es capaz de desdoblarse en las voces de fantasmas, actrices y adivinas de la Compañía de Hécate. Lo logra con un admirable entrenamiento corporal y vocal en cambios súbitos que duran lo que un pestañear de ojos. Y como si fuera un prestidigitador dibuja grutas que recortan su figura entre luces y brumas.
Él, director, mantiene una mirada desapegada sobre su propio trabajo sin complicar al personaje con elementos innecesarios. El vestuario lo simplifica en la sencillez de una túnica corta. La escenografía la resuelve en un atril, un marco colgante, un espejo y una mesita rodante. Todo depara algún efecto sorpresa. Por ejemplo, cuando pensamos que Macbeth se colocará la capa para proclamarse rey, usa el género como telón.

Pompeyo Audivert en la piel de siete personajes.
La única apoyatura externa es la del músico Claudio Peña que ejecutando un cello en escena coopera en climas de misterio o transición.
Esta lectura del clásico universal, escrita en tiempos de pandemia, nos mete en una introspección en la que vivimos colectivamente los problemas de la humanidad y nos enfrentamos a los propios fantasmas, individuales y colectivos. Observando la otredad.
La Habitación Macbeth es oscura, pero aún cuando el personaje está cebado por los crímenes cometidos, en el discurso se filtra el humor irónico y el parangón con la actualidad sociopolítica en frases como “Lo que uno tiene, otro lo quiere”. “Es inherente a nuestro oficio de gobernantes traicionar y conspirar”.
La puta mejor embalsamada
Podría entrar en la categoría “docudrama” si se tratara de cine. Pero no. Es teatro y aunque nos cueste creerlo relata un hecho verídico de la historia nacional argentina: las vejaciones al cadáver de Eva Duarte.
Con afilado ingenio la directora cordobesa Julieta Daga toma el texto de su coprovinciano David Metral y lo pone en boca de cinco bufones.
¡Claro! El coro de payasos del Grupo Cortocircuito es inimputable. Bajo esa licencia poética, cuentan los pormenores de esta trama que el dramaturgo Metral conoce al detalle como profesor de historia.

Bufonada en un carnaval de choripanes y camisas al viento.
Nadie puede sentirse agraviado ni de uno ni del otro lado de la grieta por la que avanza el carruaje de la “abanderada de los humildes” porque es una ficción bien jugada, un teatro alusivo que evita nombrar a los personajes fácilmente identificables.
Desde la hora de su muerte aquel 26 de julio de 1952 a las 20.55 va relatando cada episodio por los que atravesó el cadáver. Primero el proceso de taxidermia, que la deja parecida a una muñeca de cera. Después el secuestro del cuerpo para ser ultrajada en despachos de coroneles y todo el derrotero durante los 14 años que estuvo desparecido.
La edición sonora acompaña el carnaval de bombos, choripán y vino tinto con la Danza de Zorba; Oh, pretty woman y el oportuno Siga el baile, para recordar cómo habitualmente en la tierra en que nací olvidamos con besos nuestras penas.
Lengua madre
Ha muerto la madre y lo que tiene la hija es una larga posdata en su memoria para reconstruir el vacío de su historia familiar. Porque al fin y al cabo una posdata es eso, lo no dicho en el cuerpo principal. Un hueco, la ausencia agravada acá por la última dictadura cívico militar.
Esta impecable adaptación teatral de la novela de María Teresa Andruetto a cargo de Daniela Martín y Nicolás Giovanna (ambos en la dirección), Diana Lerma y Laura Ortiz (las intérpretes), trasciende lo histórico para hablar delicadamente sobre la relación filial.

Diana Lerma y Laura Ortiz reconstruyen la memoria.
La puesta es ágil y evita caer en el estatismo de las extrapolaciones que sufren los textos literarios llevados al escenario. Las diapositivas, en cambio, no aportan grandes referencias visuales y el sonido del retroproyector interrumpe el clima generado por la música especialmente compuesta de Cci Kiu.
En todo momento se aprecia una coreografía de fondo que da libertad de movimiento a la palabra. Y la palabra, llega tan certera en boca de las actrices que nos permiten a los espectadores seguir atentamente el juego de flash back.
Además con Lengua Madre, el grupo Convención Teatro, potencia el valor de la correspondencia epistolar.
Romance del Baco y la Vaca
Masticar una obra de teatro en verso durante 65 minutos no parece tarea sencilla. Pero si la dramaturgia es de Gonzalo Demaría, entonces se hace entretenida. Marco Antonio Caponi interpreta a Baco, un guacho que ha sido criado por un novillo y un gaucho que en su juventud se enamora de otra res: La Blanquita.
Con el Romance del Baco y la vaca, Caponi pone en valor la poesía gauchesca sobre el escenario. El humor del texto llega cuando el actor rompe la cadencia del verso y nos permite rumiar las verdades del campo. En cambio, cuando el intérprete hace gala de su ejercitada memoria, emulando un combate de freestyle, el espectáculo pierde simpatía.

El mendocino Marco Antonio Caponi en una obra en verso.
La dirección original y puesta es de Daniel Casablanca, pero en esta temporada el mismo actor asume la dirección proponiendo una versión más austera. Hay cambios en la iluminación que confunden a la platea. Por ejemplo, cuando se enciende la luz de sala –marcando un amanecer- da la sensación de una falla en el tablero del teatro. Después todo vuelve a un espacio sombrío acotando el espacio escénico.
No soy un robot
Una vez más el Teatro La Cochera escapa a las convenciones de lo que ofrece un festival. Es único, inclasificable y nos sorprende en el modo de abordar el amor en tiempos pandémicos.
Parsimonioso, Paco Giménez aparece encapuchado con un buzo G.A.P. (Gimenez Alias Paco) y botas de combinación bizarra. Anuncia un show músico teatral. Lo que promete en ese breve prólogo se cumple en un devenir de canciones exhumadas, letras que por su romanticismo quedaron sepultadas en otra época y que este espectáculo rescata en pos de una reflexión humana.

El grupo de La Cochera en una apuesta por el amor romántico.
Los distintos ritmos que van del bolero, a la balada, el bossa nova, o el blues, en la guitarra de Rubén Cirigliano se van fusionando en un clima de contoneos, observaciones irónicas y hondo sentimentalismo. Siempre avalando que no somos autómatas.
El contraste llega con la percusionista Paula Lombardelli con un tema de apología hacia la anarquía relacional. La actriz le propone a su pareja no priorizarla y colocarla al mismo nivel de importancia de los amigos, la familia u otros grupos. Una filosofía millennial que pregona cambios en los modos de asumir el compromiso. A lo que Paco responde “Yo pienso así. Pero siento distinto”, un retorno al corazón de la obra.
He nacido para verte sonreír
Terrible como su título es la trama de este espectáculo en el que una madre se debate entre internar a su hijo o secuestrarlo para escapar a orillas del mar. Mientras, no hay tiempo en esta despedida, el padre viene en camino para llevarlos a la clínica.
Sobre un texto de Santiago Loza, la actriz Vanesa Salazar se pone en la piel de una madre que transita un sinfín de estados. Se muestra desbordada, sobreprotectora, autoritaria, culposa…

Conmovedora interpretación de Vanesa Salazar y Marcos García.
Salazar se apoya en la emoción que emana del libreto, y en la de su partenaire Marcos García, que sin pronunciar palabra suelta lágrimas en estado ausente. Inmenso trabajo interpretativo que nos hace percibirla como una leona enjaulada rodeando a su cachorro guiada por el instinto de libertad. La dirección es de Elvira Bo y Guillermo Baldo.
* Por Silvia Lauriente. Periodista especializada en arte y espectáculos. Especial para El Descorche Diario.
Contacto Ig @criticaenfunción correo: criticaenfuncion@gmail.com
