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Plaza Roja de Moscú y la Catedral de San Basilio.
  • Crónicas viajeras
  • 20 agosto, 2019

Moscú: vivir entre lo histórico y lo moderno

Relatos de un viaje y vivencias de una travesía soñada entre recuerdos de un pasado majestuoso y la inmortalidad de las plumas más destacadas de un imperio.

La historia rusa, su cultura y en especial sus prolíficos escritores de mediados y finales del siglo XVIII, siempre atrajeron mi atención. Leía tanto novelas de espías como obras de clásicos como Chejov, Tolstoi, algo de Pushkin. Y por supuesto, mi preferido de la adolescencia y juventud: Fiodor Dostoievski.

Crónica de una aventura soviética

Aeroflot ofrecía vuelos directos a Moscú desde Valencia, donde estaba residiendo, y no tuve excusas. Solo cinco horas me separaban de la Madrecita Rusia.

La travesía comenzó con el pie izquierdo. La aerolínea perdió mi equipaje. Una adusta señorita en los mostradores, donde llené y firmé formularios por triplicado (burocracia heredada de la era soviética, supongo) me aseguró que en dos días la mochila estaría en mi hostel.

Con lo puesto y la mochila de mano tomé el tren Aeroexpress desde el aeropuerto de Sheremetievo a la capital. Allí me alojé en el Hostel Bolshoi que, como su nombre lo indica, se ubica a tres cuadras del famoso teatro. Caminé hasta allí y me detuve a admirar la inmensidad de esta obra, el segundo teatro más grande de Europa detrás de La Scala de Milán.

El Bolshoi, ícono del ballet y la ópera rusa.

El recorrido por la ciudad

Fui siguiendo los carteles que indican el trayecto (en ruso y en inglés) hacia la Plaza Roja. Las anchas avenidas moscovitas tienen túneles peatonales para atravesarlas por debajo, algo que ya había visto en Beijing.

A poco de llegar, se divisaban las cúpulas del Kremlin a la distancia. Un monstruoso edificio rojo, el Museo del Pueblo, franqueó mi ingreso a la singular plaza, corazón de Moscú.

Lo primero que destaca es la Catedral de San Basilio al fondo del amplio espacio adoquinado de la plaza. Con sus bulbos multicolores parecía de juguete. El interior me sorprendió ya que esperaba la clásica catedral con la nave central, el altar y asientos para los fieles pero me encontré con distintos espacios compartimentados dedicados a distintas deidades con altares, cuadros y frescos cubriendo las paredes.

Interior de la Catedral de San Basilio.

La vista de la Plaza Roja desde sus ventanales es panorámica: a la izquierda el Kremlin, al fondo el Museo del Pueblo y a la derecha las tiendas GUM que en los tiempos soviéticos eran los almacenes comunes donde compraba la gente.

Hoy, con la apertura al mundo se ha transformado en un shopping con tiendas de lujo. Por fuera parece un palacio y por dentro impacta por su tamaño, decoración refinada y techos abovedados de cristal. Crucé al Kremlin donde funciona la sede del gobierno central.

Junto al muro que da a la Plaza Roja se erige el Mausoleo de Lenin, líder de la revolución bolchevique de octubre de 1917 y fallecido en enero de 1924. Su cuerpo embalsamado (como el de Mao en Plaza Tiananmen) se exhibe bajo una vitrina climatizada. Hice cola para verlo. No se permite tomar fotos y varios guardias apostados discretamente se encargan de controlar.

El cuerpo recostado está vestido con traje y corbata. Detrás de este mausoleo hay otras tumbas notables. Muy ordenadas en hilera encontramos a ex premieres soviéticos como Josef Stalin, Leonidas Breznev, Yuri Andropov y al astronauta Yuri Gagarin, el primer hombre que orbitó la tierra.

Otras tumbas célebres

Para continuar en la línea de celebridades fallecidas busqué la estación de subte de la línea roja, Ploschad Revolyutsi, hasta la parada Sportivnaya. Las estaciones en sí mismas son una de las atracciones de Moscú con frescos, cuadros, arañas de cristal, paredes de mármol y columnas adornadas como si fueran un palacio o una catedral.

Frase del poeta Alexander Pushkin en las paredes del Metro.

Quince minutos más tarde y a cinco estaciones de distancia emergí del subsuelo en las afueras de la metrópoli. Pedí orientación a un señor que no hablaba inglés pero amablemente me supo indicar como llegar al cementerio de Novodevichi. (No todos los rusos fueron tan atentos. Algunos se limitan a ignorarte apenas notan que no hablás su idioma). Es una versión moscovita del Pere Lachaise, el célebre cementerio parisino donde descansan Jim Morrison, Oscar Wilde y Edith Piaf.

Abrí un plano que te dan en la entrada para comenzar el recorrido pero estaba en ruso. Imposible entender el alfabeto cirílico. Noté que ingresaba un grupo de turistas franceses con una chica haciéndoles de guía y decidí unirme a ellos para captar algo. Comenzamos el recorrido por la tumba del chelista y director Matislav Rostropovich, pasamos frente a un Memorial de los Caídos en la Segunda Guerra Mundial (los rusos la llaman la Gran Guerra Patriótica) y nos dirigimos hacia los que me hacían más ilusión: los escritores.

La tumba de granito negro de Nicolai Gogol fue la primera. Justo enfrente, a solo un pasillo de distancia del autor de “Almas muertas”, descansa Antón Chejov bajo una cubierta blanca de cemento con placas escritas en ruso. A pocos metros de estos monstruos de la literatura se halla el no menos notable actor Konstantin Stanislavski creador de célebre Método.

La tumba de Anton Chejov, en el cementerio Novodevichi. Allí también reposan otras personalidades de la historia del país.

Fue el turno de los políticos. La guía cada tanto me echaba una mirada pero nunca me disuadió para que me alejara. ¡Sí o sí! debía estar cerca de ella para enterarme sobre que tumba estábamos viendo. Saludamos a Nikita Kruschev, quien casi nos lleva a la Guerra Nuclear en la época de John Kennedy, Boris Yeltsin, uno de los presidentes de la etapa posterior a la cortina de hierro y a la de Raisha Gorbachov, esposa de Mihail el impulsor de la Perestroika y la Glasnost que llevó a Rusia a abandonar el comunismo para abrazar con ansias el sistema capitalista. Comer un Big Mac o un combo de Burger King es hoy tan sencillo como hacerlo en Washington, centro del poder del otrora enemigo.

También descansan aquí Andrei Tupolev, ingeniero aeronáutico, el saltador Valeri Bumel medallista olímpico y Viacheslav Molotov, entre otros.

Dejé Novodevichi para ir al Estadio Luzhnikí. Las distancias en Moscú son enormes pero insistí en hacerlo caminando, que es la mejor forma de conocer las ciudades. En este recinto se celebraron los Juegos Olímpicos de 1980 con boicot de USA que no participó. La URSS devolvió gentilezas no yendo a Los Angeles 1984. Bordeé el complejo y me interné en el Parque Gorki junto al río Moskva.

Me sentía como uno de los espías de las novelas que leí ya que este espacio verde era un lugar habitual para el intercambio de información durante los años de espionaje oriente-occidente. Era verano y la gente tomaba sol a la orilla del río. Desde lo más alto de sus colinas arboladas se aprecia un panorama completo de la zona histórica y los rascacielos de la zona financiera. Me llamó la atención una construcción de tamaño colosal. Era la Universidad de Moscú, ordenada a construir por Stalin para demostrar el poderío de la URSS. Todavía se observa la obsoleta sigla CCCP (Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas) en el frente del edificio. Era sábado y en los jardines había varias parejas de novios haciéndose fotos con las limusinas de alquiler y algunos de sus invitados.

La casa de Tolstoi

El día siguiente fui a la casa donde vivió el escritor León Tolstoi autor de clásicos como, “Guerra y Paz” y “Anna Karenina”. La residencia está en el número 21 de la calle Tolstogo en el barrio Khamovniki. La estación de metro más cercana es Park Kultury. La familia era de clase acomodada y la vivienda está rodeada por amplios jardines que incluyen una casita que utilizaban para tomar el té y recibir invitados.

El escritorio donde escribía León Tolstoi en su casa de Moscú.

Se aprecian las habitaciones, la cocina, dependencias de la servidumbre y una gran sala de estar con un piano a cuyos pies reposa una piel de oso que el mismo Tolstoi obtuvo en una salida de caza que casi le cuesta la vida cuando fue rozado por una bala perdida.

En el primer piso vi el estudio privado donde escribía. En sus últimos años estaba tan corto de vista que cerró las patas de su silla para sentarse más cerca del papel y la pluma cuando escribía. En ese escritorio creó “La muerte de Iván Ilyich”, “Resurrección” y “La sonata de Kreutzer”. Un objeto llamativo es una bicicleta con la cual Tolstoi aprendió a andar a lo 67 años. ¡Nunca es tarde!

En la tienda compré un ejemplar de “Anna Karenina” en ruso. “Guerra y Paz” es tan extenso que lo venden en dos tomos separados.

Con mi ejemplar de Anna Karenina en idioma original. Tendré que aprender ruso para leerlo.

Hacia el final de la travesía, una lección de vida

Mi equipaje todavía no llegaba y no lo hizo hasta el final del viaje. Por suerte una de las recepcionistas se apiadó de mi situación y me llevó al sector de objetos abandonados por otros viajeros y pude hacerme con 3 remeras, una toalla y un paraguas. Antes de tomar el avión de regreso tuve que recorrer laberintos kafkianos por el aeropuerto para llegar al sector de equipajes perdidos donde me reencontré con mi mochila sellada bajo una bolsa plástica.

Debo confesar que utilizar la misma ropa durante una semana me enseñó algunas lecciones de supervivencia viajera que más adelante apliqué en otras ocasiones. No hay mal que por bien no venga.

Info para viajeros

Tren Aeroexpress:  U$S 8.-

Hostel Bolshoi: U$S 12.-

Catedral de San Basilio: U$S 6.-

Visita al Kremlin y la Armería: U$S 10.-

Mausoleo de Lenin: gratuito.

Billete sencillo de Metro: U$S 0,70.-

Cementerio Novodevichi: gratuito.

Casa-Museo León Tolstoi: U$S 6.-

Billetes de Rublo. En el de 100 se aprecia el Bolshoi.

(*) El autor es periodista especializado en viajes y turismo. Especial para El Descorche Diario.

Contacto: fedechaine@hotmail.com