El CEO de Agrofides analizó el crecimiento del pistacho en Argentina, explicó por qué el cultivo despierta tanto interés entre los productores y aseguró que el país reúne condiciones excepcionales para convertirse en un actor relevante en el mercado internacional. Además, habló de la inversión necesaria, la rentabilidad, el potencial para Cuyo y los desafíos que enfrenta esta producción.
Hace tiempo que el pistacho dejó de ser un fruto seco exótico para convertirse en uno de los cultivos que más expectativas genera dentro del agro argentino. Su creciente presencia en la gastronomía, la pastelería y la industria alimentaria mundial es apenas la cara visible de un fenómeno mucho más profundo: una demanda global que crece de manera sostenida mientras la oferta no logra acompañar ese ritmo.
En este contexto, Argentina —y particularmente la región de Cuyo— aparece como uno de los territorios con mejores condiciones para expandir esta producción.
En diálogo con El Descorche Diario, Juan Ignacio Ponelli, CEO de Agrofides, explicó por qué el pistacho se perfila como una alternativa de diversificación para muchos productores, cuáles son las inversiones que demanda el cultivo y qué perspectivas ofrece para los próximos años.
—En los últimos meses se habla mucho del pistacho. ¿Es una moda o realmente existe un fenómeno detrás de este crecimiento?
—La verdad es que está muy lejos de ser una moda. Es cierto que el último año el pistacho tuvo mucha visibilidad por el fenómeno del chocolate Dubái, pero la demanda mundial viene creciendo al 6,5% anual desde hace aproximadamente veinte años. Eso demuestra que existe una tendencia estructural y no un consumo pasajero.
—¿Qué explica ese crecimiento sostenido?
—La demanda aumenta mucho más rápido que la oferta. El cultivo tiene restricciones agronómicas importantes, requiere inversiones elevadas y tiempos largos hasta alcanzar la producción comercial. Eso hace que sea muy difícil responder rápidamente al crecimiento del mercado.
El pistacho es uno de los frutos secos de mayor crecimiento en el consumo mundial.
—¿Cuánto tiempo necesita una plantación para comenzar a ser rentable?
—Los primeros frutos aparecen alrededor del quinto año, pero para alcanzar un volumen que cubra los costos y genere rentabilidad hablamos de aproximadamente siete años. Después la historia cambia completamente porque el monte puede producir durante cerca de cien años. Es una inversión de largo plazo con retornos muy interesantes.
«El pistacho presenta exactamente el escenario contrario al vino: una oferta limitada y una demanda mundial que sigue creciendo año tras año».
—¿Ese es uno de los motivos por los cuales el pistacho tiene un precio tan elevado?
—Es uno de los principales factores. Para que hoy haya pistachos en una góndola alguien tuvo que invertir mucho dinero y esperar varios años para producir. Además, son sistemas productivos intensivos: riego por goteo, perforaciones profundas, infraestructura y manejo técnico especializado. A eso se suma que la oferta mundial sigue siendo insuficiente frente a la demanda, lo que mantiene los precios elevados.
—¿Cómo ve la evolución del mercado?
—Nuestra estimación es que durante los próximos diez años continuará existiendo un déficit estructural cercano a las 250.000 toneladas anuales. Probablemente el límite al aumento de precios no lo ponga una mayor producción sino el propio consumidor, cuando considere que el valor ya no justifica la compra.
La región de Cuyo es una de las zonas con mayor potencial para el desarrollo del cultivo de pistacho en Argentina.
—¿Argentina tiene condiciones para competir en este negocio?
—Sin dudas. El pistacho es un cultivo muy exigente desde el punto de vista agronómico, pero la región de Cuyo reúne condiciones excelentes de suelo, clima y disponibilidad de agua. Además, tenemos más de treinta años de experiencia que demuestran que podemos producir con calidad internacional.
«Argentina reúne condiciones de suelo, clima y agua que la convierten en uno de los países con mayor potencial para producir pistacho».
—Hoy la producción mundial está muy concentrada.
—Exactamente. Cerca del 90% del pistacho se produce en tres regiones: California, Irán y Turquía. Eso muestra lo restrictivo que es encontrar lugares aptos para el cultivo. Argentina tiene esa ventaja natural.
—¿Observan interés de productores vitivinícolas por diversificar?
—Sí. Muchos productores que vienen de la vitivinicultura empiezan incorporando cinco o diez hectáreas de pistacho. Buscan diversificar riesgos frente a un mercado del vino que atraviesa un contexto complejo a nivel internacional. El pistacho presenta justamente el escenario inverso: oferta limitada y demanda creciente.
La producción de pistacho requiere una inversión inicial importante y comienza a ser rentable a partir del séptimo año.
—¿Es un cultivo accesible para pequeños productores?
—Sí, aunque el desafío pasa por el procesamiento. El pistacho necesita una etapa industrial después de la cosecha. La alternativa puede ser vender la producción a una procesadora o desarrollar una marca propia utilizando servicios de fasón. También aparecen oportunidades para asociarse entre pequeños productores y compartir infraestructura.
—En Mendoza preocupa mucho el daño que provocan las cotorras en algunos cultivos. ¿También afecta al pistacho?
—Por ahora el problema es mucho más grave en el almendro que en el pistacho, aunque es un aspecto que hay que seguir de cerca. Una práctica que hemos observado con buenos resultados consiste en sembrar maíz alrededor de las plantaciones para disminuir la presión de las aves sobre el cultivo principal.
—¿Cuál es el principal mensaje para quienes están evaluando invertir?
—Que analicen el proyecto con una mirada de largo plazo. El pistacho no genera resultados inmediatos, pero reúne condiciones muy difíciles de encontrar en otros cultivos: demanda sostenida, oferta restringida y márgenes muy atractivos para quienes hacen bien las cosas.




