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Al borde del abismo en el Blyde River Canyon.
  • Crónicas Viajeras
  • 21 enero, 2020

Safari fotográfico en Sudáfrica

Un recorrido por la tierra de Nelson Mandela. Imposible no visitar el famoso Parque Kruger y conocer el Cabo Buena Esperanza. Sudáfrica país vitivinícola donde también hay que disfrutar de sus buenos vinos y el famoso licor Amarula.

Sudáfrica es zona de malaria y fiebre amarilla y es obligatorio tomar recaudos. Para la malaria no hay vacuna y tuve que tomar una pastilla por día desde una semana antes de la salida, durante la estadía y hasta una semana después del regreso. En Mendoza hay que dirigirse a Sanidad de Fronteras en Av. España 1425 donde vacunan gratuitamente contra la fiebre amarilla cuya inmunidad dura diez años. Te entregan un certificado validado por la Organización Mundial de la Salud que se presenta junto al pasaporte al ingresar al país visitado.

South African Airways ofrecía un vuelo directo Ezeiza-Johannesburgo que en ocho horas cruzaba en línea recta por el Atlántico ya que Sudáfrica se encuentra a la misma latitud que Capital. Éramos 20 personas en el grupo y la edad de los viajeros iba entre 21 y 35 años. La mayor parte éramos argentinos pero también venían una española, una uruguaya que era hija del Embajador Oriental en Argentina, y un francés.

Aterrizamos temprano en la mañana en Johannesburgo donde se nos unieron los guías locales Alan y Jonathan quienes también oficiaron de chofer y cocinero durante toda la estadía. Elegimos asiento en el utilitario con vista panorámica y ventanillas a más dos metros del suelo para evitar los cuernos de elefantes y rinocerontes enojados. Sin tiempo de sobreponernos al jet-lag y a los efectos dopantes de la quinina, sustancia principal de las pastillas anti malaria, partimos con rumbo noreste hacia la Reserva del Parque Kruger.

Tiendas de campaña del Ejército Sudafricano que fueron nuestro hogar en la selva.

Nos quedamos dormidos apenas arrancamos y en broma bautizamos al vehículo como el dormi-bus. Dejamos atrás las autopistas y los edificios acristalados de Johannesburgo, la ciudad más moderna de la nación más avanzada del África. Poco a poco fuimos entrando en terreno verde tratando de entender que los coches no venían en contramano sino que al conducir por la izquierda, como en Gran Bretaña, el tráfico circula invertido. La primera parada fue en el pequeño pueblo de Dullstrom donde tuvimos contacto con los lugareños y recorrimos un mercado artesanal.

Continuamos hasta Pilgrim´s Rest donde funcionaba una antigua mina de diamantes. Aprendimos sobre la exigente tarea de extraer este mineral carbono de las entrañas de la tierra. Es una de las sustancias más duras del mundo. Alcanza la cifra máxima de 10 en la escala de Mohs.

Con las nubes en los pies

Hicimos noche en carpas de campaña utilizadas por el Ejército Sudafricano que serían nuestro hogar en la selva. Al amanecer los guías nos llevaron al Blyde River Canyon, el tercer cañón más profundo de la tierra con mil metros de caída libre. Parecía que alucinábamos ya que las nubes no estaban sobre nuestras cabezas sino a nuestros pies cubriendo la hondonada del cañón. Era como una alfombra gigante de vapor. Los nativos le llaman God´s Window (la ventana de Dios) y es que uno siente por unos instantes como si observara la Creación desde lo alto.

Cuando las nubes se dispersaron emergió el cañón en toda su dimensión con el rio murmurando a un kilómetro de distancia hacia abajo. Seguimos viaje hasta la reserva de Mpumalanga donde una serie de cataratas ha erosionado las rocas hasta darle forma de paisaje lunar con cráteres gigantes donde el agua se embalsa en piletas naturales.

Curiosas formaciones rocosas en la Reserva de Mpumalanga.

Charlamos con uno de los guarda parques y la uruguaya, matera oficial del grupo, le ofreció uno pero lo miraba con desconfianza. Aceptó sacarse una foto fingiendo chupar la bombilla pero no se animó a probarlo. Otra foto curiosa fue junto a dos mujeres jirafa. Las llaman así porque desde niñas les van colocando aros metálicos alrededor del cuello que nunca se quitan. Lentamente se lo van estirando y lucen un delgado y esbelto cuello, símbolo de gracia y belleza, pero les debilita las cervicales. A cambio de unas monedas se fotografían con los viajeros y comparten las ganancias con su tribu.

El parque nacional más antiguo de África

Finalmente, llegamos al Kruger National Park, el más antiguo de toda África creado en 1898. Tiene una extensión de 350 km de Norte a Sur y 60 de Este a Oeste. Lo habitan 147 especies de mamíferos, 114 de reptiles, 33 de anfibios, 505 de pájaros y 300 tipos de árboles. Ingresamos por la puerta Sur, Malelane Gate, que limita con el río de los cocodrilos a pocos kilómetros de la frontera con Mozambique.

Luego, hicimos base en un campamento llamado Pretoriuskop. Armamos las carpas en la zona asignada y cuando todo quedó ordenado nos fuimos a nadar a una piscina iluminada en medio de la selva que se convirtió en el punto de reunión obligado. Tuve mi primer cara a cara con un mosquito anopheles que parecía un helicóptero Bell 206. Era por lo menos cinco veces más grande que los que sufrimos habitualmente por casa. Un buen recordatorio para no olvidarse de tomar la pastilla anti malaria.

Safari fotográfico

Al amanecer partimos al avistaje de los animales más codiciados. Ya habíamos visto cocodrilos y unos monos grises que se acercaron curiosos al campamento. El reglamento prohíbe darle de comer a los animales pero bueno, somos argentinos y lo hicimos. Buscábamos alrededor a ver quién era el primero en descubrir un gran ejemplar y de repente el grito de una compañera ¡Jirafa! ¡Jirafa! A la derecha del dormi-bus entre la copa de los árboles asomaba el cuello moteado del animal más alto del mundo caminando majestuoso entre la maleza. Por el ruido de las cámaras y los flashes parecía que acababa de aparecer Lady Di ante los “paparazzi”.

Majestuosa va la jirafa por la selva, el animal más alto del mundo.

Los guías pidieron calma y nos aconsejaron que reserváramos rollo para los días siguientes. Suena a épocas pretéritas pero todavía no teníamos cámaras digitales. La otra gran aparición fue un rinoceronte. El conductor apagaba el motor cada vez que nos deteníamos para no agitar a los animales. Al avanzar el día observamos cebras, springboks (el cervatillo cuyo nombre toma el equipo de rugby de Sudáfrica), hipopótamos, lagartos, buitres y un elefante que no estaba muy contento con nuestra presencia y amagó un par de veces contra el dormi-bus.

La cacofonía de insectos y aves durante las 24 horas eran el marco sonoro perfecto para acompañar el goce visual y sentirse parte de ese indómito paisaje africano.

El mosquito “anopheles” es un buen recordatorio para no olvidarse de tomar la pastilla anti malaria.

Regresamos al campamento a disfrutar de un baño y tomar Amarula. Es un licor cremoso (similar al Baileys) que se obtiene del árbol marula que da un fruto de color amarillento que encanta a los elefantes que lo comen directamente de la copa del árbol. Lo curioso es que cuando madura y cae al suelo se fermenta y los monos que lo ingieren en ese estado se pegan una linda borrachera.

Tuvimos cuidado de mirar bien antes de entrar a la carpa. En más de una ocasión se ha dado la desagradable sorpresa de encontrarse cara a cara con un felino porque no hay rejas que protejan los campamentos. Igualmente el promedio de accidentes fatales en el Kruger es muy bajo. A la mañana siguiente después del desayuno decidí salir a caminar y alejarme un poco de la gente para sentirme como un Tarzán moderno.

Un elefante vaga libremente por el Parque Kruguer, donde no hay alambrados  de contención.

Me interné por un camino solitario mientras la jungla me absorbía. Avanzaba con el oído atento y repentinamente aparece detrás de mí un destartalado Peugeot 504 con dos guardias negros que se bajaron gesticulando y me hacían señas de que estaba loco. Me explicaron que pisaba zona abierta donde la brisa lleva el olor corporal a los leones que se ponen alertas. Regresé sobre mis pasos y no volví a alejarme de la base. La sensación tarzanesca se derrumbó. Una cosa es el celuloide y otra la vida real.

El león y el leopardo son dos de las figuritas difíciles para avistar y al tercer día no habíamos encontrado ninguno. En un momento Alan, el chofer, detuvo el dormi-bus y nos señaló un bulto que se movía a unos treinta metros. Era la melena de un león buscando comida. La emoción generó tal revuelo que el ruido le llegó al rey de la selva. Nos miró fijamente con esos ojos pardos e intensos que tanto aterran a sus enemigos. Los que tenían cámara con buen zoom agotaron el rollo captando uno de los momentos clave del viaje.

Parque Kruger: “El león y el leopardo son dos de las figuritas difíciles para avistar”.

Regresamos contentos por haber logrado ver al jefe en sus dominios. El leopardo quedará para otro safari. Dejamos el Kruger con rumbo sur a la ciudad de Pretoria, capital administrativa de Sudáfrica. Ciudad del Cabo es la legislativa y Bloemfonteim, la judicial. Visitamos la Casa de Gobierno, un elegante edificio de piedra y tejas en lo alto de una colina desde donde se domina la ciudad. Fuimos al Krugerhuismuseum, casa natal de Paul Kruger creador del estado de Transvaal y prócer sudafricano. La moneda oficial también lleva su nombre: Krugerrands.

Ciudad del cabo, cosmopolita, colorida y multirracial

Volvimos a Johannesburgo para tomar un vuelo a Ciudad del Cabo en el extremo sur del país. La fundaron los holandeses en 1652 y en 1806 pasó a manos británicas. Rodeada de montañas destacan el Devil´s Peak, Lion´s Head y Table Mountain que con su forma rectilínea es el sello de Cape Town. Se accede a la cumbre por funicular. Una ciudad cosmopolita, colorida, multirracial y de contrastes atrapada entre el mar y las montañas. La tengo incluida en mi ranking de las ciudades más bellas que he conocido.

La Casa de Gobierno en Pretoria, capital de Sudáfrica. Aquí se filmaron escenas de la película “Invictus” con Morgan Freeman y Matt Damon.

Pasamos frente al Hospital Groote Schuur donde el cardiólogo sudafricano Christian Barnard realizó el primer trasplante de corazón humano de la historia el 3 de diciembre de 1967 cuando traspasó el corazón de una joven muerta en un accidente vial al pecho de Louis Washkansky de 55 años.

Cuando dialogábamos con la gente en la calle y le contábamos que éramos argentinos la asociación inmediata era con Diego Maradona y su genio futbolístico sin fronteras. Esto le ocurre a quienes suelen viajar ya que en varios países lo único que conocen de nosotros es “al Diez”. Puede gustar o no pero es así. En los últimos años se ha agregado Messi a la lista.

Una de las palabras en zulú que aprendimos era Sawubona que significa ¡Hola! en esa lengua tribal. A los que nos cruzábamos les espetábamos un ¡Sawubona my friend! Notamos que no todos respondían con entusiasmo y el guía nos dijo que eran de otras tribus ya que el zulú se habla más en el norte. En el sur se habla en dialecto Xhosa de una tribu rival de los zulúes. Igualmente nuestra desinformación cultural les caía simpática al notar que la intención era establecer un lazo con ellos.

La “Table Mountain” es el símbolo de Ciudad del Cabo y una de las Siete Maravillas Naturales del mundo.

Llegamos hasta el fuerte en cuya explanada Mandela se dirigió al pueblo en 1990 luego de su liberación del largo cautiverio que en tiempos de apartheid aisló a Sudáfrica. Se congregaron un millón de personas para escuchar su primer discurso como hombre libre. La gente de color, el 90 por ciento del país, ha progresado muchísimo pero la minoría blanca sigue dominando.

La bandera multicolor sudafricana flameaba en el fuerte donde nos explicaron el significado de cada tono: verde, la selva; celeste, el cielo; amarillo, el sol; negro y blanco, los habitantes y rojo por la sangre derramada en pos de la unificación nacional.

La visita obligada estando en Cape Town es al estratégico Cabo de la Buena Esperanza. Cuando llegamos al lugar les indicaron a las mujeres que tuvieran  mucho cuidado con los monos babuinos que arrebatan las carteras en busca de comida. Algunas han sufrido severas caídas al defender sus pertenencias de los atrevidos simios que parecen entrenados por “pungistas”.

El Cabo de la Buena Esperanza donde se unen el Atlántico y el Indico.

Bajamos hasta una playa donde un cartel en inglés y africaans indica el punto meridional del continente africano a los 34 grados, 21 minutos y 25 segundos de latitud sur. Eché un vistazo hacia las aguas turbulentas justo en el punto donde confluyen los océanos Atlántico e Indico. Un lugar temido por los marinos de todas las épocas.

Degustando vinos

El viaje finalizó con un recorrido por dos bodegas donde degustamos el vino local. Me sentí como en Mendoza, rodeado de viñedos y montañas. Como cuyano los demás me creían un experto en vinos. Con cierta nostalgia abandonamos estas tierras salvajes rumbo a Buenos Aires donde el jet-lag y la quinina volvieron a pasar factura. Con un buen asadito regado por un malbec mendocino nos juntamos en un departamento para mirar las fotos reveladas. Agotamos las reservas de Amarula que habíamos traído y nos dejamos atrapar de nuevo por el hechizo de África.

Sudáfrica posee tradición vitivinícola. Visitamos una bodega y degustamos sus productos     .

Info para viajeros

Con pasaporte argentino no se necesita tramitar visado para viajar a Sudáfrica.

Pilgrim´s Rest y Museo: 3 dólares.

Reserva de Mpumalanga: 5 dólares.

Safari y actividades en Parque Kruger: www.rhinoafrica.com

Hostel en Cape Town: 15 dólares.

Teleférico Table Mountain: 25 dólares.

Café en el Victoria and Albert Waterfront: 3 dólares.

Tour a Cabo Buena esperanza con avistaje de pingüinos: 50 dólares.

Tour de día completo por cinco bodegas con degustaciones: 95 dólares.

 

*Por Federico Chaine. Periodista especializado en viajes y turismo. Especial para El Descorche Diario.

Contacto: fedechaine@hotmail.com