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Silvia Corti apasionada y estudiosa del terroir.
  • Historias Descorchadas
  • 30 octubre, 2020

“Cerrojo”, un vino que guarda los tesoros de cada terruño

Silvia Corti es la hacedora de estos vinos que nacen a partir de años de estudio y experiencia. Aprendió e investigó, junto a grandes maestros, sobre terruños y hoy concreta con su serie “Terroir” su proyecto de vinos “Cerrojo”. Donde atesora en cada botella lo mejor del suelo que elige y donde pone el foco de su atención. Una vida dedicada al vino que hoy comparte con la maternidad.

Silvia Corti (48) es enóloga, ingeniera agrónoma y magister en Scientia en Viticultura y Enología. Mamá de dos varones y una niña. Su maternidad es un capítulo de su vida que merece una nota aparte, porque es una historia de valentía y un amor inconmensurable, ¡una historia fuera de serie! Silvia, hoy está al frente de su proyecto Cerrojo, donde busca plasmar años de trayectoria y conocimientos.

Para encontrarse con sus dos hijos mayores, Woodsom (7) y Watsom (6), junto a su esposo tuvieron atravesar el océano y una montaña de trámites. Al tiempo, llegó Julieta (4) a completar su proyecto más importante: su familia.

Decíamos que es enóloga y agrónoma, y cuenta con un largo recorrido en el rubro. Trabajó casi 25 años en distintas empresas de la industria vitivinícola, Finca Flichman, Esmeralda, Argento Wine Company y Bodega Argento.

Hace un año, cuando iba a recibir a su hija menor, la despidieron de la empresa en que trabajaba. Fue así que comenzó como Consultora Vitivinícola y a darle vuelo a su propio emprendimiento de vinos.

Cerrojo lo había iniciado 10 años atrás, pero tuvo que abandonarlo, pues en la bodega no le permitían continuar con el proyecto.

Al principio fue un vino de la familia, elaboraban dos barricas para el  consumo familiar. “Un año nos fuimos a Estados Unidos por trabajo y cuando regresamos el vino estaba adulterado. Me llevé una muestra a analizar y vimos que había sido aguado. Evidentemente, el encargado que teníamos en la finca en ese entonces, sacaba vino y agregaba agua para que no nos diéramos cuenta… o algo así ¡ja! Tuvimos que colocar un candado en la puerta que separaba el galpón con la pequeña piecita donde hacíamos el vino.

Silvia y Mariano en los inicios de Cerrojo en Lunlunta.

 “Al año siguiente una amiga enóloga nos pidió mostrarle el vino a un famoso sommelier del momento, él lo probó y le encantó. Y cuando le contamos la historia nos dijo que le colocáramos “Cerrojo”, así nació su nombre”, cuenta Silvia al recordar los orígenes de su vino.

“Recorrí un largo camino. Aprendí junto a los mejores profesionales del sector. Me formé en Borgoña y con Alberto Antonini estudié todo sobre el terroir. Y eso es a lo que me quiero dedicar. Conozco muy bien cada suelo. Ahora puedo elegir la finca y la parcela que me gusta para mis vinos”, cuenta la enóloga.

Y agrega, “no te deshojan igual en Altamira que en Agrelo; el trabajo de la gente es distinto en cada zona, los desbrotes, por ejemplo. Todo eso hace al terroir”.

Mariano, su esposo, es arquitecto y se encargó de diseñar la etiqueta con una vecina que es diseñadora. “Y todo surgió así, muy casero y auténtico”, sonríe la Silvia.

Hoy; Cerrojo ya se proyecta para una vendimia de Pinot Grigio orgánico luego de una exitosa edición de Cerrojo Malbec 2018 y Cerrojo Cabernet Franc 2019, del Valle de Uco.

Cerrojo Malbec, un ideal para disfrutar con quesos y carnes asadas.

“Mi idea es hacer todas las serie de Terroir e indagar más en los vinos orgánicos, es algo que me tiene muy apasionada”, asegura. “Todos mis ahorros los estoy poniendo en este sueño. Por ahora voy itinerante y haciendo lo mejor que se puede”.

-¿Por qué elegiste hacer vinos?

-Desde muy chica me gustaba todo lo referido a hacer vinos. Mi abuela paterna tenía una pequeña finca en Perdriel, donde un tío hacía vino casero para la familia y yo cada vez que tenía la oportunidad me arrimaba a ayudarlo en lo que fuera. Me encantaba ver el proceso y más aún cuando me dejaba probar los vinos. Los domingos solíamos ir a la finca a comer un asadito o algo así y a mí me encantaba corretear por las hileras y tirarle cascotes a mi hermano, él se enojaba mucho, no le gustaba ¡ja! Ahora él es abogado.

-¿Cómo surge el proyecto “Cerrojo”?

Cerrojo surgió por pedido de mi suegro, que era propietario de 20 hectáreas de viñas en Lunlunta. En una de las fincas, había una casa de la familia muy antigua y hermosa. Tenía un galpón y allí mi suegro me prestó un lugarcito para hacer el vino que saliera de sus uvas.

“Buscamos la mejor expresión de los terruños y mantener a nuestro consumidor siempre interesado”.

-Y por supuesto, inmediatamente surgió como un plan B para mi trabajo, pues en mis años de empresas había visto ya tantas injusticias, que no confiaba que con ser una buena y responsable profesional y enóloga iba a conservar siempre un trabajo en relación de dependencia. Con los años la vida me demostró que esto era acertado.

-¿De dónde son las uvas y dónde elaboran actualmente?

Cerrojo surgió en Lunlunta. Entonces me focalicé en buscar la identidad del lugar y producir vinos genuinos que representaran ese terroir. Actualmente elaboramos en distintas zonas, siempre buscando mostrar la identidad del lugar.

-Tenemos vinos de Paraje Altamira, Las Compuertas y Pampa El Cepillo, Vistaflores, Luján de Cuyo. Sueño poder volver a tener una finquita en Lunlunta y retomar lo que iniciamos ya hace muchos años.

“No te deshojan igual en Altamira que en Agrelo; el trabajo de la gente es distinto en cada zona: eso es terroir”.

-Estamos siempre abiertos a buscar nuestros vinos de la añada en las zonas y fincas que conocemos, trabajándolas desde inicios del ciclo y respetando lo máximo posible la identidad de los terroirs donde nacen sus uvas.

-Todos nuestros vinos son partidas limitadas, numeradas. Llevamos un registro de qué número de botella le vendemos a cada persona. Cuando se agoten, habrá que esperar la vendimia siguiente.

-¿Qué rasgos caracterizan a tus vinos? ¿Qué sello de identidad buscaste darles?

-Así como los vinos que he trabajado a lo largo de mi carrera profesional en empresas, los vinos que hago son siempre focalizados en mostrar la fruta de la variedad y el terroir en el que estoy trabajando. Creo mucho más en eso que en la crianza en distintas maderas o tostados.

-Mis vinos impactan primero por la fruta, frescura y vibrancia en boca y luego la crianza en madera viene a complejizarlos, sin tomar protagonismo.

-¿Cuál es la perspectiva a futuro para este proyecto?

-Mi idea es que Cerrojo no crezca demasiado, no quisiera pasar de 5.000 cajas por año. La idea es tener vinos de terroirs, variedades interesantes, técnicas nuevas de vinificación, todas apuntando a lo mismo: buscar la mejor expresión de los terruños donde trabajamos y mantener a nuestro consumidor siempre interesado.

“Mis vinos impactan primero por la fruta, frescura y vibrancia en boca y luego la crianza en madera”.

Hemos retomado la comercialización, estamos haciendo venta directa a quienes nos contactan por mi Facebook o Instagram. Estamos diseñando una página para estar más presentes e ir contando lo que hacemos semana a semana.

Cerrojo Malbec 2018 es una partida limitada con botellas numeradas.

-Rol de la mujer en la industria vitivinícola.

-Si bien trabajé desde 1991 a 1996 en la bodega de la Facultad de Ciencias Agrarias, mientras era estudiante, ¡haciendo de todo! Comencé a trabajar en bodegas en 1997. En esos años se pensaba que la mujer estaba diseñada para segunda enóloga o analista y nada más. Tener una primera enóloga que además fuera ingeniera agrónoma era muy raro. Alguien que conociera el winemaking desde la viña a la botella, rarísimo, incluso entre los enólogos de la época.

-No fue fácil, pero tuve buenos maestros y supe hacer mi camino y hacerme respetada con los años. Actualmente, las mujeres cumplimos roles protagonistas en la industria vitivinícola, ya no existen los prejuicios de hace 20 años o más.

-Sin embargo, sigue habiendo injusticias, discriminaciones, que aún se ocultan por miedo. Somos más observadas que los varones y a veces contar lo que pasa hace que se nos tache de falta de profesionalismo o feminismo.

“Se pensaba que la mujer estaba diseñada para segunda enóloga o analista y nada más”.

-Formo parte del Club de Mujeres Profesionales del Vino. Comenzamos hace algunos años siendo 20 o 30, ahora somos más de ¡100! Es un grupo muy sólido y todos los días hacemos intercambio de experiencias, nos apoyamos para comentar nuestros inconvenientes diarios, problemas climáticos, pedir y compartir datos.

-Si bien siempre he sido defensora de los equipos mixtos e interdisciplinarios, debo confesar que ser todas mujeres enólogas (de primera o segunda línea de empresas o dueñas de proyectos y bodegas) le da una sinergia especial a este grupo.

Los vinos de Silvia son “celosamente” cuidados.

“Es muy lindo lo que pasa entre mujeres, pasa algo muy potente. Nos ayudamos, nos apoyamos”, concluye Silvia al reflexionar sobre la titánica tarea de ser mamá, enóloga y mujer. Y tal vez, este puñado de profesionales nos estén marcando un camino exitoso, el del trabajo colaborativo.

Dónde conseguirlos

La partida de 890 botellas de Malbec 2018, Paraje Altamira tiene un precio sugerido de $ 1.000 y puede adquirirse en sus redes de Facebook e Instagram @silviacorti

Mirá el video con la historia de Cerrojo y sus hacedores.

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