info@eldescorchediario.com
La cruz simbólica del “Milagro de Los Andes”. Me firmaron la foto tres de los sobrevivientes: Alvaro Mangino, “Coche” Inciarte y Carlitos Páez.
  • Crónicas Viajeras
  • 9 abril, 2020

Expedición al avión de los uruguayos, el “milagro de los Andes”

Siempre me cautivó la asombrosa historia de supervivencia de los rugbiers uruguayos en la tragedia de Los Andes. Fue así, que un día decidí emprender el viaje hasta los restos del avión. Una experiencia que me conmovió de principio a fin. No solo por la historia de estos jóvenes sino por un paisaje que deslumbra y te deja sin aliento. Una travesía a caballo, a cielo abierto y una experiencia que te transforma.

La asombrosa supervivencia de los integrantes del equipo de rugby Old Christians en plena cordillera andina me cautivó en la adolescencia con la lectura de best-seller ¡Viven! del autor británico Piers Paul Read, escrito con la autorización de los sobrevivientes. Años más tarde, varios de ellos comenzaron a volcar sus vivencias en libros propios y a dar charlas por todo el mundo contando la trascendental experiencia ocurrida entre octubre y diciembre de 1972.

Junto a Laura, compañera de aventura, decidimos ir a conocer el lugar donde aconteció el llamado “Milagro de Los Andes”. La expedición comienza por la mañana en el pueblo de El Sosneado en el departamento de San Rafael, al sur de la provincia de Mendoza, donde las empresas que realizan la travesía te recogen en una 4×4.

Se toma la Ruta Provincial 220 en dirección Oeste que es toda de tierra y ripio. A poco de salir y recién internados en zona montañosa se nos presentó un obstáculo. El día anterior una crecida del río había arrancado parte del camino y tuvimos que puentear colocando piedras para que el vehículo, una Land Rover Defender modelo 1965, tuviera agarre con las ruedas.

El Puesto Araya es el último vestigio de vida humana en esas latitudes.

Superado el inconveniente, continuamos adentrándonos hacia las altas cumbres del macizo rumbo al Puesto Araya distante a 61 kilómetros. Es el último vestigio de vida humana y hasta donde pueden circular los rodados. Se ubica sobre el margen norte del río Atuel pasando el abandonado Hotel Termas El Sosneado. Aquí dejamos la camioneta. Nos esperaban los lugareños para organizar el grupo.

Almorzamos un chivito recién faenado sirviéndonos con la mano sin utilizar cubierto alguno. Los puesteros ensillaron los caballos para la cabalgata de tres días hasta los restos del avión siniestrado. Éramos cinco personas, además de dos guías y dos baqueanos. El equipaje y las provisiones se cargaron en unas mulas y a cada uno nos dieron un equino. Me tocó una yegua color café con leche con la que no tuve mucho feeling. Hacia las tres de la tarde iniciamos la cabalgata.

Junto a Laura, listos para iniciar la cabalgata de tres días.  Mi yegua luego me haría morder el polvo cuando intenté sacar la cámara del estuche.

El ancho y caudaloso Atuel fue el primer desafío a sortear. Era enero donde las aguas corren revueltas y a baja temperatura por el deshielo de verano. Hay que quitar los pies del estribo y levantar las piernas para apoyarlas en la montura y así evitar mojarte.

El Puesto Araya está a 2.200 metros sobre el nivel del mar y el sitio del accidente a 3.500. Una vez cruzado el río se enfila hacia un cañadón donde el camino se estrecha hasta ser apenas un sendero que en algunos tramos bordea precipicios. Hay cantos rodados resbaladizos y en ocasiones el caballo agacha el cuello con lo que da la impresión de estar mirando al vacío pero la habilidad con la que afirman la herradura y tantean cada paso te transmite seguridad.

La búsqueda se enfocó erróneamente en el lado chileno, por eso nunca los encontraron, ya que estaban en Argentina. Aquí se aprecia la trayectoria, el lugar del impacto y donde quedó el fuselaje.

Sí o sí hay que ir en fila india. Yo estaba ávido de captar imágenes fotográficas y filmar. Cada tanto apuntaba el obturador a todo lo que nos rodeaba ya que la cordillera va cambiando de formas y colores a medida que se asciende. En un momento solté las riendas para sacar la cámara del estuche.

La yegua intuyó el movimiento y aceleró justo cuando estaba sin agarre. Como resultado, di una vuelta campana para aterrizar de espalda sobre una piedra que sobresalía golpeándome la columna y quedándome sin respiración durante unos segundos. 

Mi espalda tras caer del montado a pocas horas de comenzar la travesía. Pude continuar a pesar del dolor.

Desde el suelo y envuelto en una nube de tierra, vi al animal dar coces al aire y huir desbocado. Me quedó una laceración de 10 centímetros que fue lavada y desinfectada por Laura que estudiaba medicina. El dolor no me impidió continuar la marcha aunque lo hice a lomos de un caballo menos intempestivo llamado “Poncho Negro”. Mi yegua la terminó montando uno de los guías.

Por la tarde del primer día se llega al campamento Arroyo Barroso para cenar y pasar la noche mientras caballos y jinetes descansan. El lugar dispone de carpas-refugio pero decidimos armar nuestras bolsas de dormir al aire libre al amparo de una roca.

El cielo en esta parte del mundo es extremadamente cristalino y se aprecian estrellas que a simple vista no se ven en las ciudades. Pese a ser de noche semejaba la luz del primer amanecer por el reflejo simultáneo de tantos astros. Al día siguiente desayunamos temprano alrededor del fuego y al amparo de unas pircas e iniciamos el segundo tramo donde se atraviesan un par de vegas color esmeralda.

Parado donde quedó el fuselaje del avión. Esta era la vista que tenían a diario los sobrevivientes. El valle desciende naturalmente y si bajaban por allí hubieron llegado a Puesto Araya, pero el imponente Sosneado al fondo les hizo creer que atrás la cordillera era más alta.

Al fondo del valle ya se avizoraba a la distancia el glaciar Las Lágrimas en cuya base se detuvo el avión tras impactar en las cercanías del monte Seler. Su fuselaje se partió desde las alas hacia atrás y descendió como un misil hasta detenerse mirando hacia el valle y con el cerro Sosneado de fondo. El maltrecho avión sirvió de refugio a los azorados pasajeros.

Hacia las 13 horas arribamos al lugar tras bordear los últimos desfiladeros de piedras en tonos amarillos. Una cruz hace de tumba improvisada. Está sostenida por piedras y con varias placas que han ido dejando las sucesivas visitas de los sobrevivientes y familiares de los fallecidos. También se ha colocado un monolito. Se accede a pie ya que los caballos quedan un poco más abajo.

Restos del Fairchild que fueron incinerados. Se aprecian cables, fuselaje, asientos e instrumentos de vuelo.

El lugar impresiona y acongoja el alma porque no se aprecia ni la más mínima señal de vida. Solo nieve, roca y el perenne ulular del viento. Por ello les fue imposible abastecerse de alimento. Aquí no crece ni un mísero yuyo. Marcelo, uno de los compañeros de la expedición, era un veterinario de Buenos Aires. Con él detectamos una mancha gris en medio de la nieve varios metros más abajo y fuimos hacia allí. Eran los restos del Fairchild Hiller FH-227 que posteriormente fue quemado por Gendarmeria de Chile.

Todavía se ven asientos, cables pelados, partes del fuselaje y piezas mecánicas. Lo más espeluznante fue cuando entre los amasijos observamos una cabeza de fémur. Ahí se toma noción de los sucesos que acontecieron en ese sitio y te recuerda que es un osario al aire libre de quienes perdieron su vida allí mismo. Se puede escalar un poco (a paso lento ya que la altura se hace sentir) y varios metros más arriba se accede hasta un pedazo de ala partido a la mitad.

Entre los restos del avión apareció una cabeza de fémur partida a la mitad. Luego la depositamos al pie de la cruz.

Si continuamos subiendo se puede llegar hasta la cola de la aeronave. De regreso a la cruz, depositamos allí el resto óseo. Nubes amenazadoras comenzaron a poblar el horizonte y el guía nos indicó ensillar. En el camino de vuelta te invade una sensación de desasosiego, incredulidad y admiración por quienes tuvieron que soportar esas condiciones adversas para salir adelante en la que se considera la historia de supervivencia humana más impactante de todos los tiempos.

Tras la noticia que sacudió al mundo en Navidad de 1972, comenzó el debate sobre si fue correcto o no comer la carne de sus amigos. Los familiares de los fallecidos estuvieron de acuerdo en que hicieron lo necesario para sobrevivir.

Se regresa por el mismo sendero de la ida, bordeando el río Lágrimas. Pasamos la segunda noche en Arroyo Barroso y al día siguiente finalizamos la cabalgata en el Puesto Araya. Si el día y el sol acompañan, lo ideal es darse un baño termal en el piletón cercano al Hotel El Sosneado pero nos tocó un día frío y nublado que no invitaba a la inmersión, pese a ser principios de enero.

Al terminar la cabalgata se puede reposar el cuerpo en la pileta termal del abandonado Hotel El Sosneado pero el día estaba frío y nublado y no nos animamos.

Años más tarde me di el gusto de cerrar el ciclo de este viaje cuando tuve la oportunidad de acudir a una charla que dieron dos de los supervivientes, Alvaro Mangino y José Luis “Coche” Inciarte.

Mangino e Inciarte el día que fueron rescatados. Ellos mismos nos permitieron ver fotos y objetos originales de la supervivencia.

Luego de la misma compartimos la mesa con ellos donde nos contaron anécdotas de primera mano y me autografiaron un ejemplar de ¡Viven! y la foto que ilustra la nota (Carlitos Páez se la firmó a mi madre en otra ocasión).

Tuve el placer de participar en una charla y cenar con dos de los sobrevivientes: Álvaro Mangino (izquierda) y José Luis “Coche” Inciarte (derecha).

También pudimos observar fotos originales y algunos de los implementos de supervivencia fabricados por ellos mismos en la montaña como unas gafas de sol diseñadas con restos del avión que fueron fundamentales para poder soportar el reflejo del sol en la nieve que los rodeaba.

Puro ingenio en medio del drama. Fabricaron lentes de sol con la parte tintada de las ventanillas y utilizaron fundas del tapizado que cosieron con alambre de cobre. Para sostener los lentes se sirvieron del elástico de los corpiños encontrados en el equipaje de las mujeres.


INFO PARA VIAJEROS

– La cabalgata dura 3 días entre ida y vuelta (hay cabalgatas de 5 días).

Se puede hacer caminando. En modalidad trekking la duración es de 3 a 5 días según servicios

– Las empresas ofrecen transporte desde El Sosneado a Puesto Araya, caballos, comida, alojamiento en carpas o estructuras fijas en el Campamento Arroyo Barroso, primeros auxilios y asistencia.

– Llevar bolsa de dormir, gafas oscuras, crema protectora para el sol, sombrero de ala ancha, gorro de lana, binoculares, campera y calzado cómodo

– Se realiza entre los meses de diciembre a marzo únicamente.

 

*Por Federico Chaine. Periodista especializado en viajes y turismo. Especial para El Descorche Diario.

Contacto: fedechaine@hotmail.com